Noche Dalid


III Concurso Relato Romántico Tarifa  2014

Relato ganador

……

   Como un ánima perdida en aquel mirador saliente al borde del abismo, Lola volvió a recitar de memoria las palabras que se le habían grabado a fuego la noche en que cumplió quince años.

    Aquellas que durante muchos años fueron su guía y su secreto mejor guardado, ahora se rebelaban contra ella riéndose en su cara. Aquellas que le habían hecho tomar la decisión de entregarse a Marcos cuando éste se lo pidió. Aquellas a las que después se había aferrado como único consuelo, durante los siguientes cinco años que duró su turbulenta relación.

   Ahora ya no significaban nada.

  Ahora se sentía ridícula y engañada, como el niño que descubre que ha estado esperando con ilusión la llegada de unos Reyes que dormían cada noche en el cuarto de al lado. ¡Cómo pudo ser tan ilusa como para dejar que su abuela la convenciera de que había sido bendecida con un majestuoso plenilunio en su decimoquinto cumpleaños, según ella, la llave para abrir la puerta a los secretos de su Noche Dalid! Toda su familia había creído durante generaciones en aquella “noche guía”, en la cual se desvelaba la identidad del que estaba destinado a ser su compañero en esta vida.

   Cuentos de viejas. Ahora lo sabía. Pero en aquel momento, creyó a pies juntillas que su futuro sería revelado a través de la dulce visión de un sueño.

   Y Lola tuvo aquel sueño. Claro que lo tuvo. Y lo disfrutó.

  Sin saber cómo había llegado hasta allí, ni porqué, se encontraba en el mismo mirador que la atormentaría desde aquella noche. Estaba sola. Ensimismada en sus pensamientos y con la mirada puesta en la carretera que se intuía a lo lejos. En ese mar de tierra fértil que nacía al borde del acantilado rocoso en cuya cima se encontraba. No llevaba abrigo, solo un vestido negro, largo hasta los pies, que le caía sin ninguna gracia alrededor del cuerpo. Se sentía perdida, desesperanzada, pero tan unida a aquella vía, que ni siquiera el frío viento nocturno conseguía que tuviera fuerzas para marcharse de allí. Y entonces lo oyó. Detrás de ella. Un sonido, distorsionado pero familiar. Al darse la vuelta, su visión fue nublada por una espesa niebla que dio paso a una figura que, en aquel momento, a Lola le pareció enviada por los ángeles: un caballero enmascarado montado en un corcel rojo completamente ataviado con ropajes encarnados. Y sintió tal alegría por su llegada, que no pudo hacer otra cosa que salir corriendo hacia él.

   Lo que vino después la acompañaría el resto de sus noches de insomnio. El jinete la cogió entre sus brazos y subiéndola al caballo la besó con desesperación. Y en aquel instante, cuando más plácidamente se sentía, escuchó en su interior los versos que le ayudarían a descubrir al hombre tras la máscara en su vida real futura.

“Lamento, soledad y engaño,
serán borrados por aquel que vuelve a la tierra de sus antepasados,
en busca de la imagen que perturbó su alma”

   Todo mentira.

   Aquel “caballero”, concretamente Marcos Caballero Rojo, el chico que había regresado a la casa de sus abuelos tras la separación de sus padres, aquel que Lola había tenido claro que era el enmascarado de su sueño, había resultado ser peor que un escorpión. Se había reído de ella delante de todos y, lo peor, Lola se lo había consentido pensando una y otra vez, que él era el hombre de su vida. Las visiones de la Noche Dalid nunca se equivocaban, eso le decía su abuela. Pero la realidad había sido muy distinta. Marcos le había mentido, engañado y por último, como golpe de gracia, la había abandonado hacía seis meses por una modelo espectacular que conoció en su nuevo trabajo como fotógrafo de moda en Madrid. Lola había permanecido en Ronda, su tierra natal, esperándole como una idiota cuando él se marchó de allí hacía ya un año. Durante los siguientes seis meses no volvió ni una sola vez. Cuando lo hizo, una rubia espectacular le hacía de “paquete” en su moto. La única explicación que le dio para su ruptura después de cinco años, fue que se había dado cuenta de que él podía optar a “platos” más suculentos que los que había probado hasta ese momento.

   Le siguieron tres meses de tortura, debatiéndose a ratos entre las ganas de castrarle públicamente por lo que le había hecho y las lágrimas caídas encerrada en su habitación, lamentándose por no ser la chica despampanante que Marcos deseaba. En aquellos momentos, no podía evitar culparse a sí misma por no haberse arreglado lo suficiente, por no haber sido lo bastante simpática, por no haber hecho todo lo que él le pedía…

   Pero aquello quedó atrás el día en que su hermano Juan regresó. Lola había procurado ocultarle su situación mientras estuvo fuera, pero una vez allí, fue imposible. Los dos hermanos compartían desde siempre el mismo grupo de amigos, pero no habían compartido su opinión sobre Marcos. Juan se había llevado un gran disgusto el día en que se enteró que éste estaba liado con su hermana. Por todos los medios había tratado de impedir que siguieran juntos, pero estaba en Londres por estudios, y en la distancia acabó dejándolos por imposible. Ella ya era mayorcita para saber lo que hacía… Ahora se arrepentía de no haber vuelto antes a casa. Después de Londres se quedó en Madrid haciendo un master, lo que le retuvo lejos otro año más. Si tan siquiera hubiera estado allí, Marcos no se hubiera atrevido a tratar a su hermana de aquella forma. Y lo peor de todo era que ella tampoco le dejaba desquitarse ahora que había vuelto.

   Lo último que quería Lola era que su hermano se metiera en problemas por ella. Por eso había cambiado por completo su actitud. Se dijo a sí misma que ya era hora de dar carpetazo al asunto y aprender de los errores. Si su “caballero” no había durado más que los meses que él estuvo detrás de ella hasta que se la llevó a la cama, no podía pedir cuentas a nadie. Fue su decisión y de nadie más. Lección aprendida.

   Solo en algunas ocasiones, cuando volvía a darle el bajón, se acercaba a aquel mirador en los Jardines de Blas Infante y, al amparo de la nocturnidad, sabiendo que su abuela la escucharía allí donde estuviera, miraba al cielo y formulaba su pregunta:

   —Noche Dalid, ¿por qué me engañaste?

***

   A la mañana siguiente, recibió la llamada de su amiga Lucía, recepcionista del Parador de Ronda. Un cliente recién llegado al hotel, solicitaba los servicios de un guía que le mostrase los encantos de su bello municipio. Esa era una misión para ella.

   Cuando Lola fue a encontrarse con su cliente en la terraza del hotel, un tal señor Edward Brandi, no esperaba que el susodicho le impactara tanto. Cuando el hombre se levantó para recibirla, Lola sintió que un latigazo de adrenalina recorría todo su cuerpo. Aquel individuo parecía haber salido de una web de modelos. Pero no solo era su apariencia física o su forma de vestir lo que llamaban la atención. Había algo en él…algún magnetismo oculto…”Cualquier mujer vendería su alma al diablo por pasar una noche en su cama”, pensó Lola. “Incluida yo”.

   Tardó en recuperarse de aquella primera impresión. Estaba claro que estar tanto tiempo sin acostarse con un hombre comenzaba a afectarle. A fin de cuentas, llevaba muchos años tratando con “guiris” de todas partes, y nunca le había pasado nada parecido. Después, se recordó a sí misma que era una mujer adulta, profesional y asqueada de los hombres, no una inocente adolescente delante de su ídolo cinematográfico. Con porte orgulloso le ofreció su mano a modo de saludo y, dando por supuesto que no hablaría español, comenzó a presentarse en inglés.

   —Un placer conocerte Lola. A mí puedes llamarme Eduardo. Me gusta más —le contestó en perfecto castellano, acompañando sus palabras de una afectuosa sonrisa.

***

   Lola no recordaba haber pasado una mañana tan agradable desde hacía mucho tiempo. Eduardo tenía un horario muy ajustado. Unas horas libres antes de asistir a una reunión de trabajo. Por ello había pedido dar un paseo disfrutando de lo que la visión les ofreciera. Sin embargo, no pudo resistirse a visitar los Baños Árabes y el Palacio de Mondragón. ¡Parecía disfrutar tanto de lo que ella le iba mostrando! En verdad, resultó ser un acompañante encantador. Por un momento, Lola hasta se permitió el desliz de imaginar que aquel hombre guapo, culto, divertido y galante no era su cliente, sino su pareja. En el fondo, no hacía mal a nadie…y hacía tanto tiempo que no se sentía tan bien…

   Pero todo llega a su fin, y el reloj marcó la hora en que debían separarse. Lola comenzó a despedirse, pero Eduardo se ofreció a invitarla a tomar una cerveza en la terracita que tenían al lado. Ella se moría de ganas por decirle que sí pero, en su fuero interno, sabía que no debía. Mezclar placer con trabajo, nunca llevaba a nada bueno. Así que, con todo el dolor de su corazón, rechazó la oferta. Sin embargo, Eduardo siguió insistiendo, argumentando que había quedado con una persona allí, y que le haría un favor, si se quedaba haciéndole compañía. Lola encontró la excusa que necesitaba…”hombre, si es por hacerle un favor…”

  Acababan de sentarse y de pedir un par de cervezas al camarero, cuando vio aparecer por la calle, montado en una Yamaha YZF R6 y con una chica agarrada a su espalda, al causante de todas sus desdichas. Marcos aparcó la moto justo delante de ellos. A Lola le entraron ganas de vomitar. ¿Qué hacía él allí? Se suponía que estaría de vacaciones en algún rincón de playa, o por lo menos, eso era lo que se decía. Entonces se dio cuenta. La moto. Seguro que había venido a “fardar” de moto nueva entre sus “colegas”.

   Lola se empezó a poner muy tensa y hasta le cambió el color de la cara cuando Marcos se dirigió a ella.

   —¡Hola Lola! —saludó haciéndose el interesante—. ¡Cuánto tiempo sin verte! ¿Habías visto mi nueva preciosidad?

   La chica que estaba detrás de él, todavía peleándose con el cierre del casco para quitárselo de la cabeza, intentó colocarse en una posición más femenina al pensar que estaba hablando de ella. A Lola no le cupo ninguna duda de que se refería a su moto.

   —Hola Marcos —contestó escuetamente.

   —Veo que sigues tan guapa como siempre.

   —¿Tú crees? —¡Lo que le faltaba! Encima ahora se ponía a coquetear con ella, después de todo lo que le había hecho. El muy desgraciado lo mismo se pensaba que ella iba a perder el culo por él otra vez. Antes se tiraba por el Puente Nuevo.

   —¿No vas a presentarme a tu amigo?

   Amigo… ¿qué amigo? Y en ese momento Lola cayó en la cuenta de que Eduardo estaba sentado a su lado. Marcos no sabía quién era él y no podía imaginar que era un cliente. Ella no solía sentarse a tomar cervezas con nadie cuando estaba trabajando. Entonces, ese diablillo que a todos nos dice cosas al oído en algunos momentos, le susurró “no seas tonta. Hazlo. Date el gustazo”. Y Lola lo hizo. Se giró hacia Eduardo con una mirada cautivadora y sonriendo con picardía, contestó sin mirar al causante de su infortunio.

   —Marcos, este es Eduardo.

   Lola se dio cuenta de que Eduardo le estaba siguiendo el juego cuando, a su vez, se acercó un poco más a ella sin dejar de mirarla a los ojos. Entonces, se fijó por primera vez en los del hombre…y quedó completamente atrapada. Jamás había visto a nadie que tuviera semejante color alrededor de sus pupilas. Verde Kawasaki, el más divino que ella hubiera podido imaginar. Por un momento se olvidó de Marcos, de la chica, de la Semana Santa que le esperaba con ellos en Ronda y de cualquier otra cosa que no fueran aquellos ojos que le traían a la memoria la adorada moto de su difunto padre. No se cansaría nunca de contemplarlos.

   Pero fue Eduardo el que rompió el hechizo al girar un poco la cabeza en dirección a Marcos. Con una media sonrisa, sin hacer ademán de levantarse contestó:

    —Así que tú eres Marcos.

   El pavo real se irguió en su moto pensando que habrían estado hablando de él. Dejó que Eduardo le contemplara de arriba abajo… presumiendo, cómo no, de su “burra” nueva.

   —Pues perdona si me meto donde no me llaman, Marcos —continuó Eduardo chasqueando la lengua—, pero si yo fuera tú, pediría cuentas al tipo que te vendió la moto de segunda mano… Esa pérdida de aceite… tiene muy mala pinta.

   Lola dirigió su mirada directamente al punto al que se había referido Eduardo. Efectivamente, su cliente no se había equivocado. La moto de Marcos, como todo en él, era mucha apariencia y poca fiabilidad. Lola lo estaba disfrutando. Eduardo acababa de dar un repaso a Marcos donde más le dolía, en su “nueva preciosidad”. Solo había que ver su cara de desconcierto.

   Pero éste era un tipo que sabía reaccionar rápidamente y, quitando importancia al asunto, lanzó su estocada final:

   —No te creas. Esto lo soluciono yo en dos minutos en cuanto llegue a mi casa. Estas manitas —dijo haciendo un gesto soez con su boca, al tiempo que las colocaba como si estuvieran agarrando dos superficies esféricas—, saben muy bien dónde y cómo tocar… ¿verdad que sí, Lola?

   Aquel golpe bajo no se lo esperaba. Sintió cómo su cara se convertía en una botella de gaseosa roja a punto de explotar. Aquella alusión a su relación anterior estaba completamente fuera de lugar. Él sabía cómo herirla y dejarla en ridículo… una vez más. Delante de todo el mundo. Y ese “mundo”, ahora era un cliente que no la conocía de nada. ¡A saber lo que pensaría ahora de ella Eduardo!

   —Hombre…—comenzó a decir éste mientras que, con gesto seguro, recostaba su cuerpo contra el respaldo de su silla—. Yo no digo que no sepas lo que haces, pero esa es una moto de primera. Una “señora” entre las de su clase. Ese tipo de ejemplar se puede conformar con… “arreglillos”, para ir tirando… pero cuando conoce a alguien que está a su altura, un “buen experto” que valora lo que tiene entre manos… te aseguro que ya no se deja tocar por nadie más.

   Sus últimas palabras sonaron casi a amenaza. Lola estuvo a punto de saltar y plantarle un beso en la boca por lo que acababa de escupir al patán de Marcos.

   Éste, acompañando su mirada con culebras venenosas, intentaba buscar en su mente algo ingenioso para contrarrestar las palabras de Eduardo. Pero no encontró nada. Lola leyó en sus ojos el momento en que Marcos decidió que una retirada a tiempo podría ser una futura victoria. Le vio colocarse de nuevo el casco y soltarle un autoritario “nos vemos, Lola”, que no dejaba lugar a dudas sobre sus intenciones.

   Sin embargo, las palabras de Eduardo habían sembrado en ella una confianza que hacía mucho tiempo que no sentía. Consiguió contestarle de la manera más tranquila del mundo:

   —Lo dudo mucho, Marcos. Voy a estar tremendamente ocupada esta Semana Santa.

   Ante el desplante de Lola, Marcos arrancó la moto e intentó salir haciendo un “caballito”, pero en el último momento se dio cuenta de que todavía llevaba a la chica detrás y vio frustrado su intento. La pobre, que no había conseguido quitarse el casco en todo ese tiempo, se marchó de allí agarrada a un zopenco que ni siquiera había tenido la deferencia de presentársela a la pareja que ahora se miraba sin saber qué decir.

   Eduardo fue el que rompió el hielo.

   —Ese Marcos era…

   —No “es” nadie —le cortó en seco Lola—. Te pido disculpas si te ha molestado.

   No tenía intención de hablar sobre Marcos con un cliente. Imaginaba que Eduardo se había dado cuenta de que lo había utilizado para afrontar aquel encuentro, y ahora querría pedirle explicaciones. Ella no estaba en condiciones de dárselas.

   —No me ha molestado, pero… Lola, me gustaría contarte algo…

  No pudo continuar. En aquel momento y sin que ellos se hubieran percatado de su presencia cada vez más cercana, apareció Juan con una sonrisa de oreja a oreja.

   —¡No me puedo creer que estés aquí!

   Lola se extrañó de la efusividad de su hermano y se disponía a contestarle, cuando sintió que a su lado se levantaba Eduardo y ambos hombres se fundían en un abrazo.

   —¡Ya te dije que algún día vendría! —le contestó el forastero.

   —Y encima, vengo y te encuentro aquí tranquilamente hablando con mi hermana —rió haciéndose el sorprendido Juan.

  —Sí, ha sido una maravillosa coincidencia. Contraté a un guía para aprovechar la mañana, y la enviaron a ella. Debo decir que he disfrutado enormemente con su compañía.

   —Perdón, ¿me he perdido algo? —dijo interrogando sucesivamente con la mirada a uno y a otro.
—¡Ay, pobre! Perdona, pero al veros aquí juntos pensaba que ya os habíais presentado “extraoficialmente” —comenzó a decir su hermano mientras cogía una silla y se sentaba con ellos—. Éste es mi amigo y maestro, Eduardo. Seguro que alguna vez te he hablado de él. ¿No te acuerdas?

   Lola se estaba diciendo a sí misma que Juan nunca había mencionado a ningún amigo llamado Eduardo, cuando un pensamiento le vino a la mente… “Eduardo”…”Edward”… Lola recordó… ”¿Su amigo de Londres?”…Y en ese preciso instante, atando cabos, se le cayó el alma a los pies.

   ¡¡No podía ser!! ¡¡No, por favor!! ¡¡”Ese” Edward, no!!

   No sabía si echarse a llorar o hartarse a reír por lo cómico de la situación. Eso era lo que el pobre Eduardo, bueno Edward, estaba intentando decirle antes. Y ella no le dejó hablar. Edward, ese magnífico espécimen del género masculino que tenía a su lado, fue el hombre que hizo que su hermano por fin se diera cuenta de que las mujeres no eran para él.

   Juan se lo había dicho al presentárselo…“mi amigo y maestro”. Efectivamente, Edward le había enseñado todo lo relacionado con ese nuevo mundo. Había sido su guía, su coraje, su amante…Y entonces se sintió todavía más estúpida. ¡Había intentado darle celos a Marcos con un chico gay! ¡Cómo había estado tan ciega! ¡Cómo no se había dado cuenta antes! ¡Cómo no había sospechado que un hombre tan perfecto no podía ser real! Bueno, real sí era…pero ella se tendría que conformar con admirarlo desde lejos. En un segundo, “su” príncipe azul, se había convertido en el de su hermano.

   —Sí Edward, claro que Juan me ha hablado de ti —dijo intentando aguantar el tipo con una sonrisa distinta a las anteriores. Más cordial y afectuosa, más de hermana… A fin de cuenta, ese hombre podría haber sido su “cuñado” y, si había venido hasta Ronda, seguro que era porque querría algo más de su hermano.

    —Lola, ya te dije que prefiero que me llames Eduardo.

  —Sin problemas. Me había acostumbrado a llamarte así antes de saber que eras… el “amigo” de Juan —dijo guiñándole un ojo.

  —Bueno, ¡no sabes qué sorpresa me he llevado al ver tu whatsapp! —continuó éste—. ¿Cómo es que al fin te has animado a venir por aquí?

   —Pues la verdad es que lo decidí ayer, cuando me dijiste que estabas organizando para el Viernes Santo una ruta en moto por la Serranía de Ronda. Pensé que podría compaginar trabajo y placer.

   —¡Bien hecho! —aplaudió Juan.

  —Esta tarde iré a visitar la tienda que tenemos aquí y después, ¡ya estaré libre para disfrutar de los placeres de tu tierra!

   —¿Tienda? ¿Qué tienda? —no pudo evitar preguntar Lola a su hermano.

   Y entonces se enteró de que la famosa firma de ropa “Lucca Brandi”, llevaba ese nombre por algo… Los hermanos Brandi: Lucca y Edward. Lucca era la imagen de la compañía, además de encargarse de la parte creativa. Eduardo controlaba que todo aquello fuera rentable. Cuando Lola le dijo que le encantaba la ropa que creaban, pero que no era apta para su bolsillo, Eduardo le entregó una tarjeta con la que podría comprar en todas sus tiendas a un 80% de descuento. ¡Lola no podía creérselo! Eso no era un regalo. Era un sueño hecho realidad.

   —De verdad, no sé qué decir. Muchísimas gracias.

  —No me las des. Simplemente, ve a la tienda y cómprate lo que más te guste. En el fondo, mi empresa es la que saldrá ganando con esto.

   La mirada interrogante de Lola le obligó a continuar.

   —Si lo piensas, está muy claro. Tú trabajas de cara al público. Todo el que venga a Ronda por turismo, probablemente coincida contigo en alguna visita. ¿Qué mejor modelo para mi ropa que una chica como tú?

   —¿Cómo yo? —¿Qué querría decir con eso Eduardo?

  —No todos los días te encuentras por la calle a una mujer con una belleza natural tan cautivadora como la tuya.

   “¡Dios, qué injusta es la vida!”, pensó Lola. Las palabras más bonitas que un hombre le había dicho jamás y provenían ¡del amante de su hermano! Lola miró a Juan. Parecía estar pasándolo en grande.

   —Definitivamente hermanito, tu amigo cada vez me cae mejor.

   Y los tres se echaron a reír.

   Después de unas cervezas más, acompañadas con algo de picoteo y, una conversación que giró en torno al trabajo que estaba desarrollando Juan desde que se había trasladado a Ronda, Eduardo les anunció que tenía que marcharse. El trabajo le reclamaba. Juan se ofreció a acompañarle. Lola les dejó solos. Estaba segura de que tendrían que hablar de “sus cosas”, algo en lo que ella ya no podría participar.

***

   El Jueves Santo fue un día de duro trabajo para Lola. Varios grupos de turistas habían aprovechado las vacaciones para visitar la “Tierra de los Bandoleros”. Además de los puntos de interés que había visto el día anterior con Eduardo, les llevó al Convento de Santo Domingo, al Convento de las Clarisas, al Arco de Felipe V, a la Iglesia Santa María la Mayor y hasta la finca de la Algaba, donde pudieron observar cómo se desarrollaba la vida en un poblado de la época prehistórica.

   Llegó a casa exhausta y con los pies hechos polvo. “Mi reino por un baño caliente, una copa de vino y un buen libro”. Con este pensamiento se dirigió hacia el despacho de su hermano. La puerta estaba cerrada, pero salía luz por debajo. La golpeó con los nudillos. ¿Todavía trabajando a esas horas? Entró al oír la voz esperada invitándola a pasar, pero no se movió del dintel de la puerta al comprobar que su hermano no estaba solo.

   Junto a él, delante del ordenador, estaba Eduardo. Los dos sonrieron al verla, aunque Lola solo tuvo ojos para uno de ellos. Se había pasado todo el día pensando una y otra vez en él, y luego, regañándose a sí misma por hacerlo. ¡Pero qué le pasaba! ¡Aquel hombre jamás iba a querer nada con ella! Pero, ¡era tan guapo, tan encantador, tan…! ¡¡Basta!! Otra vez lo había vuelto a hacer.

   —Perdonad. Siento haberos interrumpido —se disculpó.

  —Tú nunca molestas, Lola. Eduardo me está ayudando con un tema que se me ha enquistado desde hace tiempo en este proyecto, pero ya casi lo hemos terminado.

   Su hermano siempre era un amor con ella.

   —Tranquilos. Por mí, podéis seguir sin problema.

   Se iba a marchar cuando Juan continuó hablando.

   —Lola, he invitado a Eduardo a que se quede a dormir aquí esta noche. Mañana tendremos que madrugar mucho, y nuestra casa está más cerca del punto de encuentro motero.

   “Quieren estar juntos esta noche”, pensó Lola.

   —Espero que no te importe que invada tu casa… —Esta vez fue Eduardo el que habló.

   —¡Claro que no! Será un placer. Eso sí, te advierto que no tenemos tanto lujo como tenías en el Parador…, aunque te garantizo que la cena estará a la altura.

   —¿Vas a pedirla a domicilio? —bromeó su hermano.

  —¡Qué dices! Voy a hacerla yo. ¡Preparaos para chuparos los dedos! —. Y diciendo esto, cerró la puerta tras de sí. Volvían a estar solos.

   Lola se había dado cuenta de que Juan había esperado con cierta inquietud su respuesta ante la idea de que Eduardo pasara la noche con él en su casa, y se había relajado cuando ella accedió de forma tan amistosa. Ella quería a su hermano por encima de todo. Era lo único que le quedaba. Deseaba verle feliz, y estaba convencida de que Eduardo lo conseguiría. Entonces se le ocurrió que demostraría a Juan que ella le apoyaría en eso. Llamó a su amiga Dori y le preguntó si podía pasar la noche en su casa. Después, hizo la cena, les dejó todo preparado en el salón y se marchó con su amiga. En la mesa había dejado una nota: “He tenido que marcharme. Dori ha vuelto a pelearse con Jose, y necesita llorar las penas en el hombro de una amiga. Pasadlo bien. Besos. Lola”.

***

   Aquella noche apenas pudo dormir. Se había despertado sofocada y con un terrible sentimiento de culpabilidad. Su sueño la había transportado de nuevo a los Baños Árabes, los cuales lucían en el mismo estado que en la época de su apogeo. Allí, arropados por la humedad del ambiente y un intenso aroma a esencias, Eduardo y ella habían hecho el amor. Pero, aquel idílico estado onírico, se transformó en pesadilla cuando vio aparecer el rostro de Juan desfigurado por el dolor de la traición.

***

    En la noche del Viernes Santo, Lola acabó, una vez más, en su refugio habitual al borde del abismo. Muchas cosas habían pasado desde ese último momento de relax que se había permitido disfrutar, leyendo el último ejemplar de la colección de la revista de motos, que empezó su padre hacía más de treinta años, y que ahora ella continuaba fielmente todos los meses.

   Luego, los acontecimientos se habían precipitado. Apenas unos minutos antes de que diera comienzo la procesión de Nuestra Señora de la Soledad, en la cual ella participaba de nazarena ataviada con su hábito característico, túnica negra con cinturón de esparto y capirote blanco, su hermano había llegado informándole de que Eduardo se había marchado. Le entregó un sobre con la carta que había dejado para ella. Cuando Lola empezó a cuestionar los motivos de aquel mensaje, la conversación acabó dilucidando la equivocación que había cometido. Eduardo no era el Edward que ella pensaba, sino un profesor del master que su hermano había realizado en Madrid. Ni que decir tiene, que no habían sido, ni lo serían nunca, los amantes que ella suponía.

   No le había dado tiempo de abrir la carta y sin saber muy bien por qué, agotada por el cansancio de las horas pasadas detrás del Paso, sus pies doloridos continuaron camino hacia el mirador. Una vez allí, acompañada solo por el silencio de las estrellas, comenzó a leer:

Querida Lola:

Sé que resulta anacrónico que en esta era digital acabe escribiéndote una carta de despedida, pero creo que si plasmo estas palabras con mi propia letra seré capaz de transmitirte mejor lo que significan para mí.

Imagino que te sorprenderá mi confesión, pero me he dado cuenta de que me arrepentiría toda la vida si no te explicara la verdad. No vine a Ronda a ver a tu hermano, ni a visitar ninguna tienda. Vine a conocerte a ti.

La primera vez que te vi fue en una foto que se le cayó a Juan de la cartera cuando estábamos tomando unas cervezas después de clase. La imagen de aquella chica morena, de sonrisa angelical me acompañó el resto del día… y de la noche. Después, mi relación con tu hermano pasó a convertirse en una buena amistad, y tuve la oportunidad de contemplarte más a menudo en los marcos que tenía por toda su casa. Me sentía como un estúpido por fijarme en la novia de un estudiante y por empezar a fantasear con ella. Recuerdo el día en que me enteré de que realmente eras su hermana. Por un instante, sentí una felicidad que no venía a cuento y, mucho menos, teniendo en cuenta que me duró poco. Al momento siguiente me explicó que estabas loquita por un “gilipollas” llamado Marcos. Ahí conseguí recobrar un poco la cordura y darme cuenta de lo ridícula de mi situación. Justo, por aquel entonces, yo estaba terminando de cerrar los preparativos para irme a vivir un tiempo a Nueva York.

Volví hace apenas veinte días. Al principio, conseguí aguantar la tentación de llamar a tu hermano para saber algo de ti. Pero al final, este martes, cedí. Quizás si me decía que te habías casado o, que estabas a punto de hacerlo, conseguiría borrarte definitivamente de mi mente. Pero en lugar de eso, me contó que habías roto con tu novio y que estabas bastante hecha polvo. Reconozco que no me lo pensé dos veces y, aunque me parecía una locura, me planté aquí. Tenía la excusa perfecta. Tu hermano me había invitado a su salida en moto por la Serranía.

Sabía a qué te dedicabas, así que hice todo lo posible por asegurarme de que la chica de recepción del hotel te llamara a ti para hacer la visita guiada. Quería conocerte sin que tú supieras quien era yo. Quería saber si realmente eras el ángel que tu hermano decía que eras y que yo había idolatrado en mi imaginación. Quería… Te confieso que quería que no fueras real, para poder sacarte al fin de mi cabeza.

Pero tras aquel maravilloso paseo, fui consciente de que todo estaba perdido. Había cavado mi propia tumba. Había cerrado con llave las esposas que desde hacía tiempo me unían a ti.

Cuando me di cuenta de que aquel imbécil prepotente era “Marcos”, sentí algo que no había sentido en mi vida. Unas ganas terribles de partirle la boca a puñetazos. Solo el hecho de que tú no parecías estar muy a gusto en su compañía, me dio un atisbo de esperanza. Quizás, por fin, de verdad te lo hubieras quitado de la cabeza. Quizás, yo tendría una oportunidad.

Sin embargo, después me dejaste muy claro que no estabas para nada interesada en mí. Reconozco que incluso se me pasó por la cabeza secuestrarte y obligarte a que me conocieras mejor… Ya decía mi madre, ¡que alguna vez la sangre de sus antepasados bandoleros acabaría saliendo en algún hijo suyo!

Por eso me voy. Me he alegrado mucho de ver a tu hermano, pero no me siento capaz de seguir más tiempo cerca de ti en estas circunstancias.

Me voy sabiendo que la mujer de la que me enamoré sin pretenderlo es tal y como yo la imaginé, pero no quiere nada conmigo…, hasta el punto de haberme rehuido todo el tiempo que intenté pasar a su lado.

De verdad, te deseo que encuentres a alguien que te haga feliz. Te lo mereces.

Un abrazo,
Eduardo.

   Lola seguía contemplando la lejana carretera que se había llevado aquel sueño hecho realidad. Sintió ganas de llorar. Pero en ese momento oyó el sonido de una moto que se acercaba. Al darse la vuelta, contempló la Ducati Desmosedici RR más espectacular que había visto nunca, ni siquiera en foto. El jinete se paró delante de ella y, mientras se quitaba el casco rojo que llevaba a juego con el mono, comenzó a hablar.

   —Lola… —logró decir Eduardo con cierto nerviosismo en la voz—, tu hermano me llamó para contarme algo… y dijo que probablemente podría encontrarte aquí…

   Lola supo que nada de lo que dijera podría explicar todo lo que sentía en ese momento. Al igual que en su visión de tantos años atrás, salió corriendo hacia él y le besó con toda la pasión que había estado silenciando desde la primera vez que le vio. Eduardo la estrechó entre sus brazos como si temiera que en cualquier instante fuera a desvanecerse, como la ilusión que había sido siempre para él. Pero Lola no pensaba ir a ninguna parte. En su mente, los versos recitados una y otra vez desde su adolescencia, adquirían un significado completamente nuevo para ella.

“Lamento, soledad y engaño,
serán borrados por aquel que vuelve a la tierra de sus antepasados,
en busca de la imagen que perturbó su alma”

Por fin tenía la respuesta a la pregunta que durante tanto tiempo había formulado en aquel lugar.

   “No me engañaste. Noche Dalid, mi caballero rojo,  llegó por fin.”

FIN

Motorcyclist riding motorbikeover black background

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3 comentarios

  • M Luisa
    16 abril, 2015 at 17:45

    Me has sorprendido con este relato. Es lo primero que leo tuyo y, francamente, me ha encantado.
    Me has tenido enganchada desde la primera línea, y el desenlace…, bueno, precioso, emotivo… y mil calificativos más.
    Felicidades.

  • M Luisa
    18 abril, 2015 at 15:47

    Precioso relato. Solo decirte que no he podido parar de leerlo. Lástima que no lo publicites porque merece la pena que sea más conocido. No me extraña que ganara el primer premio.
    Mis felicitaciones.

  • M Luisa
    18 abril, 2015 at 15:47

    Precioso relato. Solo decirte que no he podido parar de leerlo. Lástima que no lo publicites, porque merece la pena que sea más conocido. No me extraña que ganara el primer premio.
    Mis felicitaciones.

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Sobre mi

Ditar de Luna

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Escritora de novela romántica gótica actual

La Maldición de los Luján

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